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Cuando una empresa solicita varias propuestas para realizar su auditoría de cuentas, es habitual que una de las primeras comparaciones sea también la más sencilla: ¿cuánto cuesta?
Es lógico. Los honorarios importan y cualquier empresa debe gestionar sus costes de forma eficiente.
Pero hay una pregunta mucho más importante:
¿Qué recibe la empresa a cambio de esos honorarios?
Porque dos propuestas de auditoría pueden tener precios diferentes y, sin embargo, estar ofreciendo niveles muy distintos de dedicación, experiencia, especialización, comunicación y calidad.
Reducir la decisión únicamente al precio puede hacer que se pierda de vista precisamente aquello que da sentido a la auditoría: la confianza y el valor de un trabajo bien hecho.
La auditoría no debería entenderse como un mero coste
La obligación de auditar determinadas cuentas anuales puede provocar que algunas empresas perciban inicialmente la auditoría como un coste regulatorio más.
Hay que contratar a un auditor, cumplir con el requisito legal y obtener el correspondiente informe.
Pero esa visión desaprovecha buena parte del potencial del proceso.
Un auditor conoce la empresa, analiza sus procesos, identifica riesgos, estudia su sistema de control interno, revisa estimaciones contables, contrasta operaciones relevantes y obtiene evidencia sobre la información financiera.
Ese conocimiento puede permitir detectar aspectos que merecen la atención de la dirección y comunicar deficiencias de control interno u otras cuestiones relevantes identificadas durante el trabajo.
Por eso, aunque el objetivo de una auditoría de cuentas no sea prestar consultoría ni garantizar que una empresa carece de errores, un trabajo de calidad puede aportar mucho más que la emisión final de un informe.
Puede convertirse en una oportunidad para mejorar.
Los honorarios también reflejan los recursos necesarios para realizar el trabajo
Detrás de una auditoría existen horas de planificación, reuniones, análisis de riesgos, pruebas, revisión de documentación, consultas técnicas, supervisión del equipo y revisión final.
Y también profesionales con distintos niveles de experiencia y especialización.
La calidad exige recursos.
Esto no significa que la propuesta más cara sea necesariamente la mejor, ni que una propuesta competitiva implique una auditoría de menor calidad.
Pero sí significa que existe una pregunta que toda empresa debería hacerse ante una diferencia significativa de honorarios: ¿cómo se va a realizar el trabajo?
¿Qué equipo participará? ¿Cuánta experiencia tiene en nuestro sector? ¿Qué dedicación tendrá? ¿Quién supervisará el encargo? ¿Cómo se comunicarán las incidencias? ¿Qué metodología y tecnología utilizará? ¿Qué capacidad tiene la firma para afrontar cuestiones contables o regulatorias complejas?
Comparar únicamente el importe final puede ocultar diferencias importantes en todas estas cuestiones.
Cuando el precio se convierte en el único criterio
Existe una enorme presión competitiva en muchos mercados profesionales y la auditoría no es una excepción.
El problema aparece cuando la reducción de honorarios termina traduciéndose en una reducción inadecuada de los recursos destinados al encargo.
Menos tiempo para comprender el negocio. Menos tiempo para analizar riesgos. Menos supervisión. Menos capacidad para profundizar en cuestiones complejas. Menor comunicación con la dirección.
La normativa de auditoría establece exigencias de calidad, independencia, documentación, evidencia y supervisión que deben cumplirse con independencia de cuáles sean los honorarios pactados.
El precio nunca puede justificar una auditoría insuficiente.
Por eso la decisión de contratación debería buscar un equilibrio entre honorarios razonables y los recursos necesarios para desarrollar un trabajo de calidad.
La calidad de la auditoría también está sometida a supervisión
Hay otro aspecto que muchas empresas desconocen.
Los auditores también son auditados.
En España, la actividad de auditoría de cuentas está sometida a supervisión pública y el Instituto de Contabilidad y Auditoría de Cuentas (ICAC) ejerce funciones de supervisión y control de la actividad.
Cuando se detectan incumplimientos de la normativa aplicable, pueden existir procedimientos sancionadores y sanciones.
Esto demuestra algo importante: una auditoría no consiste simplemente en obtener una firma al final de un informe.
Detrás debe existir un trabajo que cumpla unos estándares profesionales y legales determinados.
Por eso, cuando una empresa selecciona auditor, no está contratando solamente un documento. Está confiando parte de la credibilidad de su información financiera a un profesional o firma que debe realizar su trabajo con independencia, rigor y calidad.
El verdadero valor aparece durante el proceso
Un buen trabajo de auditoría genera conversaciones que difícilmente aparecen cuando el único objetivo es terminar el expediente cuanto antes.
¿Por qué existe esta diferencia contable? ¿Está correctamente documentada esta estimación? ¿Existe suficiente control sobre este proceso? ¿Se está aplicando adecuadamente este criterio contable? ¿Hay algún riesgo que debería conocer la dirección? ¿Puede mejorarse este procedimiento?
No todas estas cuestiones terminarán reflejándose en el informe de auditoría.
Y precisamente ahí reside una parte del valor que a veces resulta menos visible.
El informe es el resultado público del trabajo. El conocimiento generado durante el proceso puede ser mucho más amplio.
Una auditoría de calidad puede ayudar a la organización a comprender mejor sus riesgos, fortalecer determinados controles y elevar la calidad de su información financiera, siempre respetando la independencia y las funciones propias del auditor.
La tecnología debería aumentar el valor, no simplemente reducir el precio
La inteligencia artificial, la automatización y las herramientas de análisis de datos permitirán realizar determinadas tareas de auditoría de manera más eficiente.
Podría parecer lógico concluir que esa eficiencia necesariamente debería traducirse en menores honorarios.
Pero existe otra posibilidad.
¿Qué ocurre si utilizamos esa capacidad para analizar mejor? ¿Qué ocurre si podemos trabajar con mayores poblaciones de datos, identificar anomalías con más precisión o dedicar más tiempo profesional a las áreas que realmente requieren juicio?
La tecnología puede reducir determinadas tareas manuales, pero también puede permitir elevar la profundidad y la calidad de la auditoría.
La cuestión, por tanto, no debería ser únicamente cuánto tiempo ahorra la tecnología. Debería ser cuánto valor adicional podemos generar gracias a ella.
Entonces, ¿cómo debería elegirse un auditor?
El precio debe formar parte de la decisión.
Pero debería ser una variable más, no necesariamente la que determine por sí sola la elección.
Una empresa debería valorar conjuntamente los honorarios, la experiencia del equipo, el conocimiento de su sector, la metodología, la disponibilidad, la capacidad técnica, la comunicación, los recursos asignados y la calidad esperada del servicio.
Porque elegir auditor exclusivamente por precio puede producir un ahorro inmediato.
Elegirlo por calidad, confianza y valor puede generar beneficios durante todo el proceso.
Una auditoría cuesta. Una buena auditoría aporta valor.
Quizá el debate sobre los honorarios de auditoría esté planteado de forma equivocada.
La pregunta no debería ser únicamente: “¿Cuánto nos cuesta la auditoría?”
También deberíamos preguntarnos: “¿Qué valor obtenemos de ella?”
La auditoría existe para generar confianza sobre información que utilizan accionistas, entidades financieras, inversores, administraciones, proveedores, trabajadores y otros grupos de interés.
Hacerla bien requiere profesionales cualificados, tiempo, metodología, tecnología, experiencia y criterio.
Todo ello tiene un coste. Pero también tiene un valor.
Y cuando una empresa entiende esa diferencia, deja de considerar la auditoría únicamente como una obligación que debe contratar al menor precio posible y empieza a verla como lo que puede llegar a ser: una inversión en confianza, transparencia y calidad de la información.


