9 MIN LECTURA
Antes del ICAC, antes del ROAC y mucho antes de las actuales NIA-ES, ya había profesionales en España tratando de dotar de rigor, independencia y reconocimiento a la revisión de las cuentas. Esta es también la historia de la auditoría española.
Hoy resulta difícil imaginar el ejercicio de la auditoría sin un Registro Oficial de Auditores de Cuentas, unas normas técnicas, requisitos de formación continuada, controles de calidad o un organismo público encargado de supervisar la actividad.
Pero hubo un tiempo en el que nada de eso existía.
Y, sin embargo, ya había auditores.
Bilbao, 1927: organizar una profesión que apenas existía
Para encontrar uno de los principales antecedentes de la profesión organizada en España tenemos que retroceder prácticamente un siglo.
El 12 de enero de 1927 fueron aprobados por el Gobierno Civil de Bizkaia los estatutos del Colegio de Contadores Jurados de Bilbao.
Aquellos profesionales tomaron como referencia la experiencia británica y las normas del Institute of Chartered Accountants, creado en Inglaterra en 1880.
El objetivo tenía mucho de pionero: organizar profesional y corporativamente en España una actividad de revisión de cuentas que todavía carecía del marco jurídico que hoy conocemos.
Y detrás de aquel movimiento empezamos a encontrar nombres.
Uno de ellos fue Nicolás Gaminde Guimón (1898-1953).
Funcionario de la Diputación de Bizkaia, especialista en cuestiones tributarias y posteriormente profesor de la Escuela de Altos Estudios Mercantiles y de la Universidad de Deusto, Gaminde figura documentado como uno de los fundadores del Colegio de Contadores Jurados de Bilbao.
Su trayectoria permite entender algo importante: aquellos primeros auditores no procedían todavía de una profesión perfectamente delimitada como la actual. Contabilidad, fiscalidad, intervención, enseñanza mercantil y revisión de cuentas convivían en perfiles profesionales que estaban contribuyendo a definir una nueva actividad.
También encontramos entre aquellos primeros profesionales a Andrés Perea Gallaga, formado como perito mercantil e incorporado al Colegio de Contadores Jurados de Bilbao. Su trayectoria acabaría llevándolo a ejercer funciones de intervención e inspección y, posteriormente, al exilio en Colombia.
Historias muy diferentes que compartían algo: pertenecían a una generación que empezó a practicar y organizar la revisión profesional de cuentas décadas antes de que existiera el ROAC.
Madrid se incorpora en 1936
El movimiento no quedó limitado a Bilbao.
En 1936 se constituyó el Colegio de Contadores Jurados de Madrid.
Bilbao y Madrid se convertirían posteriormente en piezas fundamentales para la creación de una organización de ámbito nacional.
Todavía no existía una Ley de Auditoría de Cuentas.
No existía el ICAC.
No existía el ROAC.
Pero sí comenzaba a existir una comunidad profesional que buscaba reconocimiento, organización y unas reglas para desarrollar su actividad.
Antonio Rodríguez Sastre y la construcción institucional
Entre los nombres que aparecen en aquellos primeros pasos destaca también Antonio Rodríguez Sastre, nacido en Barcelona en 1896.
Doctor en Derecho e Intendente Mercantil, desarrolló una trayectoria extraordinariamente vinculada al mundo contable y mercantil.
La Real Academia de Ciencias Económicas y Financieras lo identifica como fundador y presidente del Cuerpo de Contadores Jurados, posteriormente transformado en el Instituto de Censores Jurados de Cuentas de España.
Fue además profesor de Análisis de Balances, presidente del Consejo Superior de Colegios Oficiales de Titulares Mercantiles de España y autor de numerosos trabajos relacionados con el control de las sociedades mercantiles y la información financiera.
Su figura representa perfectamente aquella etapa en la que la auditoría española estaba construyendo no solo una práctica profesional, sino también sus instituciones.
De los Contadores Jurados a los Censores Jurados de Cuentas
El siguiente gran paso llegó durante los años cuarenta.
El Decreto de 15 de diciembre de 1942 encomendó la organización del Instituto de Censores Jurados de Cuentas.
Posteriormente se inició el proceso para integrar en la nueva estructura a los profesionales existentes y a los Colegios de Contadores Jurados de Bilbao y Madrid.
Finalmente, el 16 de abril de 1945 quedó constituido el Instituto de Censores Jurados de Cuentas de España.
Los propios estatutos del Instituto conservarían durante décadas la memoria de aquel origen.
Reconocían como miembros fundadores a quienes habían sido designados con ese carácter por acuerdo de la Dirección General de Comercio y Política Arancelaria de 13 de enero de 1944, a los Contadores Jurados procedentes de los Colegios de Bilbao y Madrid y a quienes habían sido admitidos como fundadores en el primer concurso celebrado en 1944.
La profesión empezaba a disponer de una estructura nacional.
Ser auditor antes de que existiera el ROAC
Durante las décadas siguientes la figura característica sería la del Censor Jurado de Cuentas.
El Instituto desarrollaría funciones de representación profesional, organización y vigilancia deontológica, mientras la censura jurada de cuentas iba adquiriendo presencia dentro de la legislación mercantil española.
El modelo era muy diferente del actual.
La profesión se articulaba fundamentalmente alrededor de sus corporaciones profesionales y todavía no existía el sistema de supervisión pública que posteriormente asumiría el Estado.
Por eso existe una idea que conviene recordar:
la auditoría española no nació en 1988.
En 1988 cambió profundamente su regulación.
Pero cuando llegó aquella transformación existían ya varias generaciones de profesionales dedicadas a la revisión de cuentas.
Profesionales que ejercieron antes que nosotros
A medida que avanzó el siglo XX fueron apareciendo nuevas generaciones de censores.
Algunos desarrollaron pequeños despachos profesionales. Otros participaron en las corporaciones representativas. Otros dedicaron buena parte de su actividad a la universidad y a la formación. Y algunos vivieron prácticamente toda la transformación de la auditoría española.
Décadas después de Gaminde o Rodríguez Sastre aparecerían nombres como Magín Pont Mestres, que presidió el Instituto durante buena parte de los años setenta y ochenta y vivió desde una posición institucional privilegiada la transición hacia el nuevo modelo regulatorio.
Después llegaría otra generación. Y otra.
La historia de la auditoría española comenzaba a escribirse mediante una sucesión de profesionales que recibían una profesión y, de una forma u otra, contribuían a transformarla antes de entregársela a quienes venían detrás.
1988: el gran punto de inflexión
El cambio fundamental llegó con la Ley 19/1988, de 12 de julio, de Auditoría de Cuentas.
España establecía un marco legal general para una actividad que adquiría una importancia creciente dentro de una economía cada vez más integrada internacionalmente.
La Ley reguló las condiciones necesarias para ejercer la auditoría, las normas que debían regir su ejercicio, el informe, las incompatibilidades, la responsabilidad y el régimen sancionador.
Y apareció una institución que hoy resulta inseparable de nuestra profesión: el Registro Oficial de Auditores de Cuentas (ROAC).
La supervisión pública de la actividad quedaría atribuida al Instituto de Contabilidad y Auditoría de Cuentas.
La auditoría española entraba definitivamente en una nueva etapa.
El ROAC no fue el principio
Esta quizá sea una de las conclusiones más interesantes cuando observamos nuestra historia profesional.
Quienes hoy somos auditores estamos acostumbrados a identificar nuestra condición profesional con nuestra inscripción en el ROAC.
Pero hubo auditores mucho antes de que existiera ese registro.
La Ley de 1988 no estaba creando desde cero una profesión. Estaba construyendo un nuevo marco jurídico y de supervisión alrededor de una actividad que acumulaba ya décadas de historia.
Desde aquel Colegio de Contadores Jurados de Bilbao hasta el actual sistema de auditoría habían transcurrido más de sesenta años.
Casi un siglo construyendo una profesión
Desde 1927 hasta hoy han cambiado prácticamente todas las herramientas de la auditoría.
Han cambiado las empresas. La tecnología. Los mercados. Las normas contables. Los procedimientos. La regulación. Y la propia sociedad.
Pero algunas cuestiones permanecen sorprendentemente reconocibles.
La necesidad de generar confianza. La responsabilidad frente a terceros. La independencia del profesional. La formación técnica. Y la importancia de que alguien esté dispuesto a revisar información preparada por otro y expresar públicamente una conclusión sobre ella.
Detrás de esta historia hubo personas
Las instituciones explican una parte de la historia. Las normas explican otra. Pero ninguna profesión se construye únicamente mediante leyes e instituciones.
Se construye con personas.
Nicolás Gaminde. Antonio Rodríguez Sastre. Andrés Perea. Magín Pont.
Y muchos otros cuyos nombres iremos recuperando.
Auditores que crearon organizaciones profesionales cuando apenas existía una estructura alrededor de la actividad. Profesionales que impulsaron normas. Profesores que formaron generaciones enteras de auditores. Personas que defendieron la independencia y el reconocimiento de la profesión.
Sus nombres no siempre son conocidos por quienes hoy ejercemos la auditoría.
Precisamente por eso nace Soy Legado.
Soy Legado: contar nuestra historia a través de quienes la construyeron
En SoyAuditor creemos que poner en valor nuestra profesión también significa conocer a quienes ayudaron a construirla.
Soy Legado recorrerá progresivamente la historia de la auditoría española a través de sus protagonistas.
No necesariamente serán las personas más conocidas. Ni pertenecerán siempre a las firmas más grandes.
Encontraremos auditores, profesores, reguladores, formadores y profesionales procedentes de distintas generaciones y lugares de España.
El criterio será otro:
haber contribuido de manera acreditable a que la auditoría sea hoy una profesión mejor que la que recibieron.
Cada historia intentará responder a tres preguntas: ¿Quién fue? ¿Qué aportó a la profesión? ¿Qué permanece hoy de aquello que hizo?
Porque ahí comienza realmente el legado.
El legado continúa
En 1927 aquellos primeros Contadores Jurados de Bilbao difícilmente podían imaginar cómo sería la auditoría casi cien años después.
No podían imaginar el ROAC. Las normas internacionales de auditoría. Los actuales sistemas de gestión de la calidad. La digitalización de nuestros procedimientos. Ni una profesión que hoy empieza a preguntarse cómo transformará la inteligencia artificial la manera en la que trabajamos.
Pero comenzaron a construir algo.
Otros continuaron después. Y otros lo hacemos hoy.
Dentro de varias décadas, probablemente los auditores trabajarán de una manera que tampoco nosotros somos capaces de imaginar.
Pero recibirán una profesión construida por generaciones anteriores. Exactamente igual que nosotros.
La auditoría que ejercemos no empezó con nosotros. Y tampoco terminará con nosotros.
Ese es, precisamente, nuestro legado.


